“Si el ajedrez es lucha el mejor es Lasker; si el ajedrez es ciencia, el mejor es Capablanca; si el ajedrez es arte, el mejor es Alekhine”.
Saviely Tartakower.
“No todos los artistas son jugadores de ajedrez, pero
todos los jugadores de ajedrez son artistas” . Marcel Duchamp.
“La vida es un tablero de ajedrez, donde el Hado nos mueve cual peones, dando mates con penas. En cuando termina el juego, nos saca del tablero y nos arroja a todos al cajón de la Nada”.Omar Khayyam.
“También el jugador es prisionero (la sentencia de Omar) de otro tablero de negras noches y de blancos días.Dios mueve al jugador y éste, la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía?” Jorge Luis Borges
Gambito de rey
Pequeña gran historia del ajedrez
María Jesús Lamarca Lapuente
Hace
frío y afuera está lloviendo. El café se impacienta y comienza a
fugarse por la estrecha abertura de acero y cromo. Toda la casa huele a
cuarto cerrado y a días de trabajo continuo. Unas nubes plomizas tejan
la inmensa selva enmarañada de papeles y libros del escritorio.
Siento
una extraña mezcla de excitación y fatiga ante un pequeño bloque de
folios impresos por el ordenador, es ya la obra definitiva corregida y
lleva por título "Gambito de Rey". Como habrán podido imaginar, la
materia sobre la que versan estas letras es la Literatura, yo, una vez
más, me he colado de rondón.
¡Ah y no se molesten en rastrear mi nombre. Como me placen las extravagancias, aquí no se menciona ni una vez.
Dicen
que soy voluble y tornadizo, y que a pesar de tener mi propia casa, no
encuentro un lugar definitivo en el que instalarme y prefiero vivir a
expensas de las Ciencias, las Bellas Artes, el Deporte o los Juegos. Que
me sirvo del lema "cada uno en su casa y Dios en la de todos" para
robar lo que otros saberes y placeres humanos pueden proporcionarme.
Dicen
también que, como buen conocedor de las elementales normas de cortesía,
debo saber que el visitante inesperado no debe abusar de la
hospitalidad que le brindan los dueños de la casa y que para disimular
que permanezco allí más tiempo del debido, me hago el remolón
divirtiendo y regocijando a los anfitriones serios o poniéndome solemne y
grave para reprender o asustar a los que sólo gustan de la diversión y
del entretenimiento.
Me achacan, con razón, que para juego soy demasiado serio, y para ciencia, demasiado baladí.
¿Creen
acaso que cuando adopto la actitud de niño respondón y travieso ante
una Ciencia anciana y aburrida, o cuando me comporto como un viejo
cascarrabias ante un nuevo y simplón Juego de Azar, es sólo con la
insana intención de llevar la contraria o levantar polémica? Nada más
ajeno a mi propósito. No pretendo desprestigiar a quien me da cobijo,
sino mostrarme tal cual soy, aunque los demás opinen que es sólo una
manera de sacudirme el polvo.
A
pesar de ser tan viejo como la civilización, la Historia siempre me ha
asignado papeles secundarios cada vez que ha tenido que hacer el gran
reparto de la Tragedia Humana. Y mientras que otros saberes hoy ya
representan un inequívoco papel de ciencias, a mí se me ha negado todo
protagonismo y he venido desempeñando un eterno papel de segundón desde
que Leibniz me colgó aquel famoso sambenito del que hoy todavía no he
logrado zafarme: "demasiado juego para ser una ciencia y demasiado
ciencia para ser un juego".
Pensemos
en la Psicología, por poner un ejemplo. Ha pasado mucho tiempo sin que
fueran reconocidos sus derechos, pero hace casi dos siglos que
interpreta el papel de disciplina autónoma. A veces justifica su falta
de rigor afirmando que además de ser una ciencia teórica es un conjunto
de técnicas aplicadas. ¿Es que acaso esta definición no se puede aplicar
a mi persona? Y adentrándonos un poco más en el asunto ¿No es acaso la
psicología simplemente una técnica de la que yo me sirvo?
Tomo
el grupo de folios y acompasadamente voy golpeando los bordes contra la
mesa para cuadrar los ángulos y que no sobresalga ninguna hoja. Doy un
sorbo al café mientras me invade la terrible angustia de la obra
acabada, pero también el orgullo por haberlo logrado. Se ha dicho
siempre que la literatura es una catarsis, que a través de ella el
escritor disipa sus pasiones y libera sus fantasmas interiores. Pero
escribir estos papeles no me ha serenado, al contrario, me ha encrespado
aun más los ánimos. ¿Que he pretendido yo escribiendo esta obra?
Pudiera
creerse que actúo así movido por el deseo de venganza, la rabia que
acompaña al despecho, el amargo sabor del desprecio, o simplemente unas
ganas irreprimibles de hacer daño.
No cabría esperar otra cosa
del "choc-chu-chong-qui" o juego de la ciencia de la guerra, como me
llamaron los chinos, o del jugar "a la rabiosa", como injustamente me
tildaron los italianos cuando adopté mis reglas actuales. Pero aunque
digan que soy por excelencia el señor de la guerra y que mi ley
fundamental sea la lucha, aunque en verdad mi ciencia represente un
campo de batalla y aunque mi terminología esté invadida de voces
belicosas: estrategias y tácticas, ataques y defensas, celadas y
emboscadas, triunfos y derrotas, aunque parezca que con el sacrificio
tal vez pudiera llegar la sangre al río, jamás se ha derramado una sola
gota de sangre por mi causa.
Es
palmario que simbolizo el arte de la guerra, más desastre que arte a mi
pacífico entender, pero sólo imito lo que tiene de juego, y un juego
pierde su condición lúdica si se convierte en cruento. Yo huyo del
horror y del desafuero. Mi Muerte no aparece portando la guadaña y mis
muertos no son tales, sino desterrados, que resucitan cada vez que se
inicia una nueva batalla. Yo no pretendo estocar al enemigo más que con
el agudo filo de mi mente. Y quien otra cosa afirme, miente. !Voto a
bríos!
Si,
soy pendenciero y reñidor, pero no actúo con encono, y menos aún busco
los ruidos. Si ironizo sobre mi propio destino es precisamente para
apartar de mí ese regustillo amargo que me ha dejado, no ya la derrota,
sino el haberme visto obligado a desviarme de la lucha, puesto que no se
me ha tratado con la necesaria y prudente equidad que me permitiera algún día alzarme con el triunfo.
Me
acusan de querer compararme con la Bellas Artes por haber transformado a
una ninfa sencilla en deslumbrante diosa. También me vituperan porque
digo que un aliento divino mueve finalmente mis hilos más allá del
raciocinio o de la fría técnica. Yo he hecho que Caissa fuera engendrada
no sólo por el violento Ares, sino también por la hermosa Afrodita, y
todos temen por ello mi poder invencible, una perfecta conjunción: la
fuerza y la belleza.
Hoy yo sigo gozando de los favores de la
diosa. Y, a pesar de que ha perdido su fresca y hermosa lozanía con el
paso del tiempo, no ha podido borrar de sus ojos las chispas que un día
encendieron las brillantes combinaciones de los grandes maestros, los
ataques más peregrinos y los violentos y múltiples sacrificios de piezas
que fueron inmoladas no por veleidoso capricho, sino con el arcano fin
de hacer de la victoria un acto admirable, sublime y bello. La diosa,
cuando añora estos míticos tiempos, llora trebejos y poco a poco va
derramando una partida inmortal sobre el tablero.
Ya
queda poco de aquella época romántica en la que una imaginación
exuberante y desbordada estaba por encima de los errores técnicos. La
multiplicidad de variantes y la originalidad de las posibilidades
combinatorias eran tan portentosas que ante tantos y tan eximios poetas
del tablero yo me sentía la pura encarnación de la poesía.
Es
muy tarde y puedo oír el silencio de la noche interrumpido por los
hilos de lluvia que resbalan por el cristal y rebotan en el alféizar.
Afuera sólo hay oscuridad, siento un escalofrío. Aúlla un perro.
Evoco
con nostalgia aquellos tiempos en que me sentía tremendamente vivo. Yo
arrastraba pasiones y emociones intensas y fui considerado un verdadero
arte. Me dejaban actuar sin ataduras y daba rienda suelta a todas las
posibilidades que yo podía ofrecer: posiciones inverosímiles, ataques
arrolladores, ventajas abrumadoras e ilusorias, gambitos inusitados,
épicos sacrificios o mates fulminantes. Me ponían en manos del azar y
luego fuerzas mágicas obraban el milagro. Hicieron de mí un rito sagrado
a la vez que un espectáculo, me ofrecían siemprevivas y me ornaban con
filigranas y fantasías. Hasta el problema se convirtió en arte. La
elegancia, la originalidad, la sutileza y la riqueza de mis
combinaciones eran los más fieles atributos de mi belleza.
Pero
empezaron a tomar posiciones y fueron descubriendo mi juego. Aquella
belleza inocente y prístina iba a ser mancillada, y aquel nudo gordiano
enmarañado fue cortado, de pronto, por la terrible espada del orden,
del sistema. A los poetas se les tachó de temerarios, de locos, de
seguir con fe ciega unos caminos que no conducían más que al caos. Había
que encontrar el verdadero camino, el único, el recto, el que condujera
al conocimiento profundo de mi esencia. Había pues que sistematizar el
arte, y me querían convertir en ciencia. Una ciencia con principios y
datos, con hipótesis que se pudieran probar y con reglas que había que
generalizar. Y los vates se tornaron científicos, técnicos, lógicos y
matemáticos, y al genio creativo le sustituyó el dogma con el fin de
transformar aquella vieja Antología de poemas en una Enciclopedia.
Empezaron
a estudiarme, a analizar todos mis elementos y sus relaciones y a
sistematizar mi estructura. La imaginación había sido sustituida por la
exactitud y ya nadie se podía apartar de la ortodoxia. Me empecé a
sentir un bicho raro, una rata de laboratorio pues me diseccionaban,
estudiaban los movimientos de mis piezas, observaban mis reacciones,
comparaban la mayor o menor fuerza de mis posiciones y querían, a toda
costa, descubrir mis puntos débiles. Me habían tumbado en la mesa de
operaciones para hacerme la autopsia, como si ya fuera un cadáver.
Con
la excusa de que yo alcanzara una posición sólida y estable me impedían
moverme libremente. Fue entonces cuando le hice varios desplantes a
la diosa. Creo que nunca me lo ha perdonado. Yo antes había tenido
siempre el campo abierto para salir como y cuando quisiera, pero ahora
me cerraban las puertas. Y cuando protestaba por la falta de
movimientos, me respondían diciendo que no era para impedirme a mí la
salida, sino para evitar que otros entraran y me pudieran atacar por
sorpresa. Que cuando llegara el momento decisivo era mejor la lucha
sorda desde las trincheras que el enfrentamiento sangriento a pecho
descubierto.
Con la pérdida de dinamismo fui ganando solidez. Era una persona segura de mí misma, seria, rigurosa y altiva. Pero
me había vuelto un tipo insociable, me había instalado en una fortaleza
inexpugnable y sólo se podían acercar a mí unos pocos elegidos. Para
tratarme había que tener perseverancia y dedicarme muchas horas de
pesados y complicados estudios, y no todo el mundo estaba dispuesto o
tenía capacidad para ello. Había dejado de ser un simple juego y me
había convertido en una ciencia, en una ciencia hermética. Ya no era el
espectáculo que movía pasiones y emociones, era aburrido y técnico. Ya
no buscaba la combinación magistral que exigía arrojo y valentía en aras
de la originalidad y el arte, sino que andaba por caminos trillados
queriendo alcanzar una posición estable que me asegurara no perder. Ya
nadie gritaba !Gambito de Rey!
El vil
metal había hecho acto de presencia en los primeros torneos y
competiciones cuando empecé a frecuentar más asiduamente al Deporte, y
ahora los sacrificios podían costar caro. Muchos se agarraron a las
tablas buscando salvación, pero otros vieron en ellas la causa de mi
muerte. Llegaron a pensar que cuando dominaran por completo mis teorías,
podrían ser invencibles y yo ya no tendría razón de existir.
Enciendo
un cigarrillo y no puedo evitar que una sonrisa aflore a mis labios. El
egocentrismo y la soberbia humanas no tienen límites.
Las
reglas generales se convirtieron en dogmas sagrados y el único camino
al que conducía la técnica se había vuelto estéril. El cientifismo debía
morir si no quería acabar con el objeto de su ciencia. Los mismos que
quisieron hacer de mí un ser perfecto, estuvieron a punto de enterrarme.
Yo me sentía paralizado por los acontecimientos, no encontraba salida,
necesitaba un nuevo soplo que me alentara, que me infundiera nuevos
ánimos, que me sacara de ese estancamiento insoportable y tedioso.
Necesitaba ponerme en movimiento, y fue entonces cuando llamé a la diosa.
Caissa frecuentaba por aquellos días a un grupo de jóvenes rebeldes y extravagantes que se oponían a toda norma
impuesta por una sociedad caduca y obsoleta, les llamaban los
hipermodernos. Con el apoyo de estos iconoclastas empecé otra vez a
creer en mí mismo, en mi individualidad de artista y en mis
posibilidades creadoras. Sin abandonar la técnica adquirida, empecé a
avanzar otra vez, a probar nuevos caminos y a moverme con
dinamismo y nuevas fuerzas. Fueron años de locura y desenfreno, un
nuevo romanticismo pretendía luchar contra todo dogmatismo y nos
oponíamos a todo, por sistema. Pero yo, ante esas dos tendencias
contrapuestas, sufría de esquizofrenia. Tenía que alcanzar el
equilibrio, la armonía entre la belleza y la técnica.
Con
el paso del tiempo y la experiencia por fin he logrado unir estos dos
caminos separados, pero la gente sigue viendo en mí, no me explico por
qué, una faceta más destacada que la otra.
Cada
persona se acercaba a mí buscando algo distinto y es que cada uno
pretendía haber encontrado lo que más le placía: el arte, la exactitud,
la imaginación, la técnica, la inventiva, el análisis, la agresividad,
el equilibrio, la inteligencia, la magia, la lógica, el humor, el
riesgo, y así hasta el infinito. Descubrieron que en el medio juego
caben tanto la ciencia como el arte.
Aquí
tenemos a las campeonas del mundo, tras abrir el primer club la pionera
Vera Menchik, para escándalo y sorna de los jugadores masculinos. Club
que no sólo acogió a los maestros varones por ella derrotados, también
recaló allí alguno que logró ser campeón del mundo, tras ser miembro de
tan distinguido club para hombres.
Porque las genias no nacen, se
hacen; y la menor de las hermanas, fue gran maestra/o a los 15 años y
se coloca entre los diez mejores jugadores del mundo.
Las hermanas Polgár: Sofia (Maestro Internacional), Judit (Gran Maestro) y Zsuzsa (Gran Maestro)
Judit Polgár (Hungría, 1976-)
Pero
"bip, bip, bip" abran paso a la tecnología, me quieren convertir en una
máquina. Ha pasado mucho tiempo desde que Kempelen sorprendió a medio
mundo con su famoso turco.
Hoy, las palancas, resortes y engranajes se han transformado en chips y
en circuitos impresos; y la trampa y la superchería se tornan en
verdad. De nuevo quieren encerrarme en un autómata y cortarme las alas
de la imaginación. Y así, hoy día proliferan mil y un cachivaches que se
adaptan a las más variadas aptitudes de sus contrincantes, podemos
apretar un botón y empezar a jugar. Me relegan pues, a ser un juego
simplón, a ser un tonto divertimento para que otro tonto pueda pasar el
rato. Y me quitan también la agradable satisfacción de estrechar lazos
de amistad con el contrario, de poder cruzar una mirada u ofrecer un
cálido apretón de manos.
El Turco, construido por el Baron Wolfgang von Kempelen en 1769. / El Egipcio, construido por Charles Hopper en 1894.
Gonzalo Torres Quevedo muestra el 2º autómata (1920) a Norbert Weiner.
El campeón del mundo Garry Kasparov derrotado por Deep Blue, 1997.
Pretenden dotar
a las máquinas de un capacidad de análisis ilimitada para que puedan
vencer a los grandes maestros. Estos fríos y calculadores jugadores
de silicio podrán alcanzar una técnica perfecta, pero nunca conseguirán
ser geniales. Además de memorizar y calcular hay que crear, sentir,
imaginar... y esas son facultades terriblemente humanas. El ordenador
más sofisticado del mundo, acaso un velocísimo Deep Blue, jamás podrá componer la Novena, como tampoco podría haber jugado la Inmortal. (Blancas:
Adolf Anderssen. Negras: Lionel Kieseritzky, Londres 1851). 1. e4, e5;
2. f4, exf4; 3. Ac4, Dh4+; 4. Rf1, b5; 5. Axb5, Cf6; 6. Cf3, Dh6; 7. d3,
Ch5; 8. Ch4, Dg5; 9. Cf5, c6; 10. g4, Cf6; 11. Rg1, cxb5; 12. h4, Dg6;
13. h5, Dg5; 14. Df3, Cg8; 15. Axf4, Df6; 16. Cc3, Ac5; 17. Cd5, Dxb2;
18. Ad6, Axg1; 19. e5, Dxa1+; 20. Re2, Ca6; 21. Cxg7+, Rd8; 22. Df6+,
Cxf6; 23. Ae7++).
Sin embargo, visto desde el ángulo del
tablero contrario, quizás enfrentarse a la máquina permita abandonar los
vicios del jugador solitario, o hacerlo en línea convierta el mundo en
un inmenso tablero planetario donde enfrentarse a múltiples
contrincantes solidarios. Quizás sea posible, también, hacer uso de un
nuevo tipo de juego postal digital ultrarrápido.
Miro
mi ordenador, ¿acaso sea la causa de mi muerte esa máquina infernal y
destructiva que intenta deshumanizar mi arte? Me mira retador con su
gran ojoboca sin parpadear. Pero no os apuréis, saldré de esta. A fin de
cuentas, puedo desenchufar la máquina cuando me plazca. Y además, no os
engañéis, los autómatas de hoy en día también tienen trampa: dentro de
la caja llevan un jugador escondido en forma de programa. Han vuelto a
olvidar que además de la técnica existe el genio creador.
Me
enroco para estirar un poco las piernas y tres peones y la torre se
tambalean. Con cuidado los vuelvo a colocar en sus escaques.
A
lo largo de mi vida no han faltado necios, y no tan necios, que veían
en mí un juego limitado, que querían reformarme porque les parecía
aburrido y caduco. Y así, quisieron complicarme suprimiendo el enroque,
modificando mis piezas o añadiendo otras nuevas, partiendo de posiciones
iniciales anómalas o agrandando el tablero. Por favor !No me saquen de mis casillas!
Los tableros, de todos los tamaños y medidas, se construyeron con forma redonda, cilíndrica
e incluso con tres dimensiones y se colocaban en las posturas más
inverosímiles: en diagonal, en vertical, y hasta de puntillas. Se
inventaron nuevas piezas con la excusa de dar rienda suelta a la
creatividad y así proliferaron ministros, generales, emperadores,
cancilleres y todo tipo de altos cargos. Una caterva de arribistas,
cucañistas y trepas se lanzaron al tablero político. Hasta se ideó una
pieza que permanecía inamovible en su puesto a la que denominaron
divinidad. ¡Cielo santo!
Para preservar
especies en peligro de extinción intentaron convertir el tablero en un
zoológico y lo poblaron de elefantes, leones, jirafas, centauros,
camellos, unicornios y otros mamíferos. Todavía no les había llegado el
turno a los insectos. Los muy beligerantes amantes de la técnica
militar, amparándose en los avances técnicos de las armas modernas
vieron en la artillería un poder mucho más destructivo que el de la
caballería o la infantería y así, me dotaron de aviones, submarinos,
carros de combate y misiles de largo alcance. Se podía por fin aniquilar
totalmente al adversario y arrasar por completo el campo de batalla.
Incluso quisieron convertir el tablero en un campo de fútbol y, por
primera vez, hubo un trebejo esférico.
Tablero para tres jugadores / Tablero para cuatro jugadores
La
mayoría de estas ultramodernas piezas unía los movimientos del caballo
con los de alfiles, torres o damas, pero también se dieron otras muchas
variantes. Algunas piezas iban de un extremo a otro y regresaban a la
misma casilla en un solo movimiento. No habían descubierto que el sueño
de la velocidad produce atascos. Otras eran corredoras, saltadoras o
trepadoras. Con tan fantásticos atletas, el tablero se había convertido
en un gimnasio. La imaginación no tenía límites. Ni vergüenza.
Una reforma muy pueril y varias veces intentada fue variar la
denominación de las piezas para adecuarlas al sentir de la época y así,
al rey se le llamó gobernador, a la dama general y al modesto peón se le
trató de ciudadano. La democracia había llegado al campo de batalla.
Sigue lloviendo y una luz que se ha encendido frente a mi ventana me distrae de la lectura. ¿He utilizado el tono adecuado?
Se
ha escrito de mí mucho más que de don Juan y harto estoy de que me
pongan en boca de Prudencios, Pacíficos, Napoleones, Desiderios,
caballeros de Flandes y Perogrullos. Estoy cansado de ser juez en
guerras y en disputas, de decidir casamientos, de salvar a condenados,
de enjaular reyes, de arrebatar almas al diablo, de resolver enigmas, de
fabular partidas reales y de hacer cruces sobre el tablero. Déjenme
hablar a mí sobre mí mismo y déjenme hablar a mi manera.Sé
que se me ha escapado cierto tono chistoso, pero no deben olvidar que
soy un juego, y tienen que comprender que sea jocoso. Tampoco he podido
disimular mis suspicacias, a veces actúo de forma irreflexiva, y he
usado el tono fanfarrón y belicoso, un tanto arcaico, de las comedias de
capa y espada. Pero soy el señor de la guerra y por naturaleza hago de
la lucha mi bandera. Para ser rápido en responder a un ataque hay que
estar siempre a la defensiva. No me tachéis de fatuo o presuntuosos si a
toda costa quiero medir mis fuerzas, si soy retador, bravucón,
perdonavidas. Debajo de esa máscara rebelde y pendenciera hay un hombre
de bien. Mis punzadas no escuecen, sólo incitan a sostener una pacífica
lucha razonable.
Y
los sensatos, los teóricos y los eruditos, los que buscáis en mí a una
ciencia exacta, perdonad si la imaginación, la loca de la casa, se me
vuelve a colar por una puerta falsa. Si he abusado de una prosa cercana a
la poesía ha sido porque recordar mis épocas doradas me llena de
nostalgia y de melancolía. Casi siempre me han achacado un genio épico,
medieval, caballeresco y legendario. Me toman por un anciano venerable.
Es natural !Tengo ya tantos siglos! Pero aún soy joven y estoy vivo y
aunque el tiempo me ha hecho madurar y el ardor y el ímpetu se hallen
más contenidos, todavía conservo la pasión y la energía necesarias para
que la hermosa Caissa me siga cautivando. Y yo, a mi vez, hago a muchos
cautivos.
No utilizo
ya un estilo elevado como exigían las rigurosas normas de la épica,
sino un hablar sencillo acorde con los tiempos que vivimos. Pero tened
presente que mi lenguaje no es el de las palabras. Mi lenguaje es más
universal, las frases se construyen con un gesto. Yo levanto una pieza y
un mundo imaginario, una constelación, mil mitos, se levantan de pronto
en un tablero. Y se entabla una guerra y surge un desafío. Se yergue un
universo de héroes, reyes, damas y caballeros. Y dos fuerzas se miden,
dos mentes, dos estilos, dos técnicas distintas, dos mundos enfrentados.
Porque mi reino escapa a los confines de un tablero. Simbolizo la vida y
sólo cuando ella muera, me asestarán el jaque decisivo.
María Jesús Lamarca Lapuente.
Vídeo de Vetusta Morla: Sálvese quien pueda.
Dirección: Álvaro León Productor: Juan Carli. Director de fotografía:
Nacho López. Es una producción de Keloide para Pequeño Salto Mortal y
Sonobox Producciones Musicales.
La partida de ajedrez de Marcel Duchamp / Jugadores de ajedrez de Malcolm Liepke